Tras una pérdida, se da un proceso de adaptación emocional que implica cambios comportamentales, físicos, emocionales y sociales.
La pérdida implica separación o ruptura de un vínculo afectivo que es significativo para la persona y puede ser de varios tipos; una ruptura sentimental, la muerte de una persona cercana, la finalización de un empleo, o simplemente el proceso de envejecimiento y los cambios físicos y cognitivos que ello conlleva.
Tizón (2004) define cuatro tipos de pérdidas:
1. Pérdidas relacionales: fallecimiento de personas cercanas, fin de relaciones, separaciones y divorcios, abandonos, privaciones afectivas y abusos.
2. Pérdidas intrapersonales: pérdida de capacidades intelectuales y/ó físicas propias.
3. Pérdidas materiales: pérdida de objetos o posesiones que nos pertenecen.
4. Pérdidas evolutivas: se refieren a las fases de nuestro ciclo vital y los cambios que conllevan.
Diagnóstico:
- Duelo normal: se presentan síntomas cognitivos, conductuales, emocionales y orgánicos que aparecen en el transcurso del proceso de forma idiosincrásica.
- Duelo complicado: Síntomas o conductas de riesgo sostenidas en el tiempo y de intensidad riesgosas para la salud dentro de un contexto de pérdida:
- Duelo crónico: de duración excesiva, la persona se da cuenta de que no puede pasar página.
- Duelo retrasado: la reacción emocional en el momento de la pérdida no fue suficiente y surge tiempo después, desencadenándose a través de un recuerdo, por ejemplo.
- Duelo exagerado: se experimentan síntomas de forma excesiva e incapacitante.
- Duelo enmascarado: se presentan síntomas físicos o conductas desadaptativas porque la persona no es consciente de que lo que le sucede está relacionado con la pérdida.
Extraído de:
Nomen, L. (2009) El duelo y la muerte. El tratamiento de la pérdida. Madrid: Pirámide
