Todas las personas tenemos prejuicios, que son ideas positivas o negativas que establecemos de manera anticipada acerca de alguna persona o situación, sin esperar a validarlas con la experiencia. Suelen ser aprendidos en nuestro entorno social más cercano, por mimetismo sobre todo en la infancia, y por la experiencia personal. Son formas de interpretar la realidad, y constituyen una distorsión cognitiva.
Los prejuicios forman parte de los estereotipos sociales, que se forman a través de la categorización, para simplificar la complejidad de nuestro entorno (sobre una persona o grupo de personas), por lo que diferenciamos entre el endogrupo y exogrupo.
De este modo, los estereotipos tendrían cierta utilidad, ya que implican un modo de 'economía cognitiva', permitiendo una respuesta rápida ante una persona o situación sin elaborar razonamientos complejos teniendo en cuenta todos los detalles, lo cual puede resultar positivo en cierto modo, ya que ayuda a formar una identidad social, y a crearnos una idea de otro grupo, sin embargo, también resultan negativos, llevando a procesos de discriminación y desigualdad.
Es fundamental empezar a cambiar nuestra perspectiva en el sentido de identificar los prejuicios e ideas que tenemos, analizarlos, darnos cuenta de que son generalizaciones, y hacernos preguntas de tipo: ¿a cuántas personas conozco que cumplan este criterio?, buscar puntos en común, desarrollar nuestra empatía o habilidad para ponernos en el lugar de la otra persona así como nuestra autoestima.
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